Ahora todos somos feministas

Casi como por arte de magia, el calificativo feminista dejó de significar sólo a un reducido grupo de mujeres vociferantes, confrontacionales y difíciles, para ser un término, casi un ideal, con el que todos (o casi todos) buscan identificarse. Pero ¿qué se está entendiendo por feminismo?

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Por Marcela Mandiola, PhD y académica de la Facultad de Economía y Negocios de la  Universidad Alberto Hurtado.


El aguerrido reclamo que denuncia un antiguo y sostenido entramado de violencia en desmedro de las estudiantes universitarias, ha logrado, hoy por hoy, hacer de la palabra feminismo un vocablo común en nuestro país. Casi como por arte de magia, el calificativo feminista dejó de significar sólo a un reducido grupo de mujeres vociferantes, confrontacionales y difíciles, para ser un término, casi un ideal, con el que todos (o casi todos) buscan identificarse. Pero ¿qué se está entendiendo por feminismo? Es cierto, se trata de un concepto amplio, laxo, de antiguos y permanentes debates internos, pero no por eso estamos ante un cajón de sastre donde cabe de todo. Adscribir al feminismo siempre ha implicado una posición política, no una posición político partidista, pero si una apreciación de lo social que reconoce una articulación del poder que ha venido favoreciendo a unos pocos y perjudicando a muchxs otrxs en nombre de la simbólica diferencia de los sexos. Por lo tanto, adscribir al feminismo implica un compromiso con el cambio profundo de dicha construcción de lo social.

De ahí que no basta con adscribirse una etiqueta, no basta con dar empujones para salir en la foto, no basta con adjudicarse esfuerzos a ultima hora, no basta con hacer listados que incluyan nombres femeninos, no basta con pintar la puerta de rosado, no basta con tratar de cambiar para no cambiar. No sirven las propuestas hechas desde las mismas posiciones de poder por las mismas personas que lo han ostentado siempre sin haber reparado nunca en la perspectiva de género. No se trata de abrir la puerta a los cambios mientras los pies sujetan dicha apertura para que no entren muchxs y no se pierdan los privilegios de los de siempre, no basta con adoptar un lenguaje que se comprende a medias y desde ahí maquillar protocolos y políticas para que parezcan inclusivas. Ese es el punto, la inclusión no es la estrategia, no hay un lugar desde el cual los “que ya están” deban incluir a otrxs que recién se hacen visibles, lo que hoy nos desafía es el desmantelamiento de ese lugar de privilegio para construir otro diferente. Otro lugar donde la supremacía de los que siempre han decidido, a quien o a quien no incluir, deje de existir.

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