23 de agosto del año 79 dC

En vísperas de la catástrofe del Vesubio, Anna Bou Jorba teje una oda a los días ordinarios, explorando la profundidad de lo cotidiano y su inesperado legado en la historia y la memoria colectiva.

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Por Anna Bou Jorba, poeta y escritora catalana.

 Los días excepcionales nacen, relucen, ovaciones, mención de honor en los libros, fechas clave para los estudiantes en sus exámenes o historiadores en sus cronologías, pero son los días normales los que lavarán sus dorados cadáveres, los enterraran humildemente, y los visitaran entre semana. La tímida resistencia de los días ordinarios, la fortaleza de sus huesos, la robustez de su monotonía pese a su vacilación y encogimiento de espaldas. Es gracias a los días normales que avanzan las casillas del calendario.

¿Qué pasó el 23 de agosto del año 79 dC?, se preguntará algún ocioso que, ante nueve puertas abiertas y una cerrada se empecinará en abrir, justamente, esta última. ¿Y qué hay tras la puerta cerrada? Nada. ¿Qué sucedió el 23 de agosto que inaugura la curiosidad y esta columna? Nada. Simplemente era el día anterior a la erupción del Monte Vesubio, pero la Historia, ese caluroso día de finales de verano, bostezaba ansiosa por apuntarse algún gran acontecimiento que subiera el volumen de su currículum. También fue un día normal para Plinio el Joven, que se hallaba en Miseno, al otro lado del golfo de Nápoles, único testigo presencial que relataría, horas después, la erupción del volcán que todavía callaba su ceniza y su humo. Nada.

Todo. Cuando, hoy día, visitas Pompeya, no te asaltan los fantasmas, Pompeya no tiene nada de sepulcro, pasear por esta antigua ciudad romana es adentrarse en la grandeza de sus días normales; tan catastrófica como bella unión entre geología y cotidianidad que la lava del volcán, cual ámbar que eleva el insecto atrapado a la categoría de joya, perpetuó. Pompeya, pese a su desdichado final, no es un yacimiento que supura muerte, ni unas ruinas, ni una ciudad que cayó en la desgracia del olvido, es tiempo detenido en todo su esplendor. Pompeya es un bello fósil, palabra que proviene del verbo latín fodere, excavar, y que deriva en el sustantivo fossile, aquello que es excavado. Petrificados nos llegan los días de una ciudad que sabía que la profundidad está en la piel, en los cuerpos, sin más trascendencia que la que dicta el dionisíaco goce de la existencia, para sonrojo de muchas ciudades modernas. Por las calles pompeyanas paseaban dioses y hombres. La calle de la Abundancia, ese 23 de agosto, amaneció espléndida, haciendo honor a su nombre. El Templo de la Fortuna obviaba que la suerte puede girar como un guante, pero a quién se le ocurriría levantar un Templo al Infortunio, a quién. Las ánforas de las tabernas abrían las bocas tan sedientas como la de sus clientes.

Mosaicos en las casas. Mosaicos que tocaron manos. Manos que tocaron cuerpos que se retorcían en camas y en los frescos excitados del lupanar sin complejos. Ríe, todavía hoy, el fauno desde su atrio, no muy lejos de la casa del Poeta Trágico. De espaldas al Vesubio, intuitivas, se alzan piedras como las palmas de dos manos delante de los labios para mantener el aliento caliente, y a este gesto mineral se le llamó Teatro, desde donde las palabras cruzan sonoras y perfectas cielo, textos, oídos hasta llegar al mercado, donde el coro de alimentos declama en las paradas y en las bolsas de comida de las personas, qué comemos hoy, 23 de agosto del año 79 dC.

Me contradigo, como buena humana me contradigo, ese día de finales de verano horas antes de la erupción mortal pasó mucho, pasó todo, rugió una erupción de vida, como en cada jornada hasta la fecha, pequeñas existencials que pasan inadvertidas y que, por descontado, nunca entrarán en los libros de historia. La poeta Wislawa Szymborska, en su maravilloso discurso de aceptación del premio Nobel, cantó la vida en minúsculas y sin pretensiones, es decir, en su humilde plenitud, dirigiéndose al pesimista “Eclesiastés”: Nada hay nuevo bajo el sol, has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Tantas cosas pasan cuando nada pasa. En la “nadeza” de los días reside precisamente su excepcionalidad.

En el corazón de Transilvania, Rumanía, late el pueblo de Viscri, construido en torno a su iglesia fortificada de manera circular, como un abrazo. Alrededor del año 1400 el asentamiento se bautizó con el nombre de Alba Ecclesia, es decir, Iglesia Blanca, tal como indica el folleto de información. Detengámonos a contemplar el monumento , pero no me refiero a esta espléndida fortificación declarada, como Pompeya, Patrimonio de la Humanidad, sino al folleto, que también merecería ser declarado patrimonio de la humanidad en minúsculas, pero no por ello mengua su sensibilidad, su delicadeza. El folleto de Viscri se abre en las manos cual labios que balbucean porque no hablan suficientemente bien el idioma, como demuestran los evidentes problemas de traducción en un texto que contiene faltas de ortografía y de sintaxi, hecho que provoca tanta falta de profesionalidad como de ternura, por la humildad que transmite. La página derecha despliega un resumen raquítico referente a las excavaciones arqueológicas de la iglesia fortificada, y la página izquierda nos muestra la cronología de unos tímidos datos históricos, como si se tratara de una de esas personas a las que les cuesta, por un exceso de humildad, exhibir sus logros: de los 599 años de vida de la iglesia de Viscri se destacan 13. Tan sólo 13.

Detengámonos en uno de los años afortunados: el año 1.500. Año de cambio de siglo con todas las carambolas planetarias que dicha fecha implica; año en el que América era un continente que aún no se llamaba por su nombre de pila; la Tierra todavía era el centro del Universo; la gravedad no existía como ley, tan sólo como estado de ánimo y Miguel Ángel cumplía 25 productivas primaveras, pues ya había esculpido la Piettá, pero no el David, que todavía no había nacido; era tan sólo un feto de mármol de la pedrera de Fantiscritti, Carrara, que había sido transportado por la gran avenida del mar Mediterráneo, desviándose en la carretera secundaria del río Arno hasta Florencia, a la espera de que un año más tarde, el 1501, Miguel Ángel empezara a cincelarle los pulmones que le permitirían respirar. Y mientras todo esto sucedía durante el año que inauguraba el siglo XVI, en la perdida aldea de Viscri, en el corazón sombrío de Transilvania, lo más destacable, según este humilde y humano folleto informativo, son 51 jefes de hogares, un maestro, tres pastores y dos pobres. Este folleto debería ir firmado, quién es el autor de esta inmensa oda a las cosas pequeñas.

Aunque hay que reconocer que este censo resulta realmente intrigante. Maestro, pero no se menciona ningún alumno. Pastores, pero sin rebaño. 51 jefes de hogares, pero dónde están las mujeres en estos hogares vacíos sin niños ni niñas, y el maestro tan solo. Y los dos pobres, ¿se repartían el frío, el hambre? Seguramente, si este par de seres desdichados hubieran sabido que 499 años después su pequeña y abandonada aldea sería declarada Patrimonio de la Humanidad, hubieran sonreído con sus bocas desdentadas como almenas de castillos abandonados, mientras aseguraban que preferían pan, vino y cereales antes que este hermoso título que alimenta el orgullo, pero no los estómagos. Pero quedémonos con la metáfora: el hecho de considerar como dato histórico a 57 personas anónimas resulta absolutamente conmovedor.

“Rien (nada)”, escribe en su diario Luis XVI el 14 de julio de 1789, ignorando que esas supuestamente anodinas 24 horas culminarán con su cabeza rodando como  punto y final del definitivo libro sobre la monarquía francesa. Nada. Todo. Excepcionalidad. Normalidad. Palabras que se olisquean, se observan, se enseñan los dientes, se marcan mútuamente el territorio a la vez que roen y comparten el mismo hueso. Los días excepcionales nacen, relucen, ovaciones, mención de honor en los libros, pero son los días normales los que lavarán sus dorados cadáveres, los enterraran humildemente, y los visitaran entre semana. La tímida resistencia de los días ordinarios, la fortaleza de sus huesos, la robustez de su monotonía pese a su vacilación y encogimiento de espaldas. Es gracias a los días normales que avanzan las casillas del calendario como los vagones de un tren que está un poco cansado, pero acércate a las ventanas, mira qué vistas.

Polignano a Mare, 5 febrero 2024

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