miércoles, septiembre 23, 2020

Un planeta que se agota y personas que se cansan

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Según datos de la Global Footprint Network, el 01 de agosto de 2018, se consumieron todos los recursos que la naturaleza da para todo un año. Ocupando una jerga bancaria, empezamos a vivir “sobregirados” y “endeudados” con nuestro planeta. ¿Cómo podemos explicarnos llegar a niveles de consumo tan elevados?, aún más, ¿cómo podemos entender, que, aunque los recursos estén disponibles, cerca de 821 millones personas en el mundo padezcan de hambre crónica y una de cada tres de malnutrición? Al parecer hemos consolidado una cultura globalizada “del desecho” (de botar en vez de recuperar) que aumenta vorazmente un consumo sin sentido, que nunca logra ser saciado y que conlleva a una distribución de los bienes desproporcionada e injusta. Como resultado, contamos con un modelo de desarrollo que no logra armonizar adecuadamente con el bien común amenazando seriamente, y con una complicidad silenciosa y sorprendente, el “buen vivir” de las generaciones que vienen.

Por otra parte, en el mundo laboral se constata en innumerables estudios, crecientes síntomas de depresión, angustia, sentimientos de exclusión, enfermedades psicosomáticas, baja motivación y una pobre energía laboral. Un signo evidente, especialmente en épocas de fin de año, es escuchar incontables frases que aluden a estados relacionados con lo mismo , por ejemplo, “estoy reventado”, “no tengo tiempo”, “ando full”, “me quiero ir de la pega”, “ está todo muy rápido”, “no logro dormir”, “no tengo tiempo para leer”, entre otras miles de expresiones más que conviven, paradojalmente, con otro tipo de frases aparentemente diferentes como son “sé que puedo dar más”; me iré a estudiar afuera”, “tengo que hacer un diplomado”, “tengo una carrera que no termina”, ” me voy donde me pagan más”, “me gané todos los bonos”, “ el próximo año publicaré más”. De acuerdo al filósofo Byung-Chul Han esta aparente dicotomía no sería, sino, representaciones de un mismo estado de fragilidad y vulnerabilidad que surge como respuesta adaptativa frente a un sistema económico y social que imprime a las personas exigencias sobre humanas y una engañosa ilusión de prosperidad y bienestar que nunca llegan realmente a alcanzarse. Estamos, entrampados y anestesiados en una sociedad del cansancio donde nadie quiere pensar acerca de nada, que nos mantiene desconectados y embriagados en un exitismo desenfrenado y sin sentido. En este escenario en que preocupa más aparecer que ser, el afán desmesurado de competencia convierte a las personas en explotadoras de sí mismas y de su propio cuerpo llevándolo al extremo y enfermándolo bajo la ilusión de una falsa realización personal.

¿Qué más tiene que pasar para transformar un estado de cosas que ya no tienen sentido y que incluso amenazan la sobrevivencia en nuestra casa común que es el planeta? Para empezar, podríamos parar. Detenerse, observar, escuchar, sentir y luego, o al mismo tiempo, conectarse con otros y co-construir una cultura que considere una interdependencia global y planetaria. También cuestionar un paradigma que, desde tiempos de Darwin, deviene como verdadero y único y que consiste en reconocer sólo a la competencia como motor del desarrollo olvidando, como nos advierte el biólogo alemán, Gerald Hüther, que una vertiente decisiva que puede mantener cohesionado al mundo, la naturaleza y a las personas, es el amor. El amor conjugado con empresa, justicia, cultura, salud, economía, tecnología, política, educación, género, diversidad, infancia, poder, trabajo, y por supuesto, propuestas de valor, propósitos organizacionales y bien común. El amor en la acción, no como algo que se ejercita, sino como un motor que entusiasma, moviliza y que está muy lejos de lo que se entiende por “buenismo” o de una cuestión meramente cándida. Por cierto, una cultura del desamor anula hablar del amor. El amor implica coraje y valentía. Con el amor se supera el miedo a la soledad, al futuro, al abandono, a la pobreza, a la muerte. Es precisamente el miedo uno de los principales cimientos por donde se construye el modelo social y económico que nos asfixia y empobrece. Que el amor, entonces, se instale en una renovada cultura de colaboración despertando nuestra conciencia y responsabilidad de que vivimos en un mundo interdependiente que clama por ser cuidado y protegido.

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