sábado, septiembre 19, 2020

Tiempo inciertos, psicoanálisis y miedo

La pandemia la podemos sentir como atacando lo que sostiene y nos une con los otros, como un enemigo invisible y oculto. Ella nos invade sin sentido y sin ley lo que genera gran temor, así entonces desearíamos encontrar orígenes explicables y causales para lo que nos sucede (Fuente: Cooperativa)

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Por Juan Antonio Flores, psicólogo de la Universidad Católica, doctor en Psicología de la Universidad de Chile y psicoanalista de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis-ICHPA. Es director del Magíster en Psicoanálisis de la U. Adolfo Ibáñez y docente en el Instituto de Formación de Psicoanalistas de ICHPA.

Sin duda estamos viviendo un momento que sentimos como excepcional. Un momento que percibimos como el surgimiento de un acontecimiento que rompe los modos de vida aparentemente estables a los cuales estábamos acostumbrados, rompiendo las certidumbres en la cuales vivíamos en lo cotidiano. Esta situación nos obliga a asumir que esas aparentes certezas eran sólo supuestas, esto sin duda nos remece y fragiliza.

La exposición actual al miedo a la muerte y a la enfermedad, nos enfrenta a la posibilidad que se produzca el derrumbe de nuestros sueños y expectativas sobre las que hemos construido lo que empuja nuestro camino en la vida.

El presente, empieza a sentirse a veces como un peso continuo con un horizonte gris y difuso, por lo que el porvenir queda puesto en suspenso y se ve amenazado. Así, en momentos oscuros como el actual, la ilusión de un futuro que imaginamos más luminoso es necesaria para sostenernos, aunque de igual manera nos asalten las dudas sobre esta necesaria ensoñación. 

Probablemente visto en retrospectiva, este tiempo se percibirá como uno más de las tantas situaciones que nos exponen a esta sensación de desamparo tan característica del ser humano, es decir, a esta sensación de ser tan frágiles frente a la adversidad y de estar en riesgo permanente al ataque de la enfermedad, al dolor emocional y a lo imprevisible de la naturaleza.

Quizás, sea el carácter global y la cobertura mediática masiva lo que contribuye en gran medida a la percepción que lo que hoy vivimos lo experimentemos como algo único y extraordinario. Sabemos de forma dolorosa que siempre estamos expuestos al accidente, es decir, a aquel hecho que irrumpe fuera de control y de toda expectativa.

Esa ausencia de control total, es por supuesto una de las cosas más difíciles de tolerar en la vida humana.  Quizás por esto mismo  hoy somos testigos de una gran cantidad de declaraciones, llenas de emoción desbordada y de esperanza de que la experiencia actual podría modificar las relaciones entre los seres humanos, y provocar cambios radicales en la relación con el otro.

Esta multiplicidad de reacciones casi místicas en términos de traducir los tiempos actuales como una consecuencia de habernos apartado del camino del “bien”, de habernos extraviado de la naturaleza, o de haber hecho prevalecer el egoísmo humano por sobretodo, parece ser más bien una reacción marcada por la angustia y por el arrepentimiento culposo, más que una posibilidad real de un cambio de fondo en nuestro modo de vincularnos.

Cualquier posibilidad de lograr cambios profundos, exigirá una lucha continua con nosotros mismos y también enfrentar los poderes que se resistirán a toda modificación estructural.

Hoy asistimos más bien a un debilitamiento de los vínculos, a una incertidumbre que amenaza el futuro y pone en riesgo la vida. Sumado a esto, la sensación de que también los próximos tiempos serán complejos y difíciles, contribuye a la percepción de un ambiente frágil e incierto.

El corona virus es democrático en la posibilidad de poder atacar a todos por igual; sin embargo, no lo es en sus consecuencias. Todas las estadísticas muestran que los pobres y poblaciones marginadas (nuestros pobres en Latinoamérica, afroamericanos en EE.UU, etc.), son los principales grupos atacados.

Son ellos quienes por las condiciones materiales de su vida, por la debilidad de los sistemas de salud,  por tener inevitablemente que exponerse con su cuerpo a la necesidad de movilizarse, interactuar y tener que compartir los sistemas de locomoción colectiva , los que  van a tener mayoritariamente que sufrir en carne propia los impactos del contagio.

Las frases de “quédate  en casa”, “aislamiento social”, “ desarrollar teletrabajo”, parecen ser a veces consignas que dan cuenta de cierta negación de los conflictos sociales y de las desiguales formas de enfrentarse a esta pandemia debido a las condiciones materiales desde donde se ejerce la vida

Es probable entonces, que estemos frente a dos direcciones posibles en las cuales se puedan dirigir los dinamismos sociales.

En un polo, está la posibilidad de que el confinamiento mantenido, sumado a una precarización económica, genere un mayor aumento de la angustia y la ansiedad, con los consiguientes desarrollos de procesos de debilitamiento del tejido social, sumado a acciones incluso violentas que puedan provocar climas que profundicen los conflictos postergados, y por lo tanto respuestas que privilegien más bien la descarga de la frustración sin procesamiento alguno y sin una dirección que produzca cambios reales. 

La otra alternativa, es que producto de una elaboración de la experiencia nos dispongamos a trabajar por nuevos acuerdos, desarrollando un reforzamiento de los lazos vinculares, promoviendo una real solidaridad y  revalorización de la importancia de lo colectivo como sostén social.


La pandemia la podemos sentir como atacando lo que sostiene y nos une con los otros, como un enemigo invisible y oculto. Ella nos invade sin sentido y sin ley lo que genera gran temor, así entonces desearíamos encontrar orígenes explicables y causales para lo que nos sucede. Por ello nos seducen y atraen las diversas teorías de complot y conspiraciones que intentan hacer consistente y comprensible aquello que nos perturba de modo oculto. 

Como en todo situación en la que no tenemos el control, el miedo nos invadirá, convirtiéndose éste en otra pandemia temible.

El miedo, hace que reaccionemos impulsivamente y que aparezcan aspectos muy básicos que atentan contra lo solidario y lo colectivo. El miedo es también uno de los más importantes productores de ansiedad y violencia con el prójimo, haciendo que resurja lo más primitivo: percibir al otro como un enemigo.  

Por ello un peligro siempre posible, tendremos que asumirlo, es un mundo dominado por el control de los cuerpos, por el  disciplinaje de las tareas cotidianas, por la vigilancia del contacto.

Frente a todo esto nos urge hacer un gran esfuerzo: reforzar los vínculos con los otros y el lazo social, hacer de las redes solidarias los soportes para hacerle frente a otro virus también poderoso y permanente, ese que afirma que la respuesta fundamental es refugiarse sólo en la defensa individual, y el que intenta construir como garantía de triunfo la noción de que cada cual se defienda como pueda.

(Columna aprobada para su publicación por autor citando fuente y link)

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