martes, septiembre 22, 2020

Maria Ester Feres, ex directora del Trabajo: “Mi sensación no es optimista”

La ex directora del Trabajo, hoy académica de la facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Central, mira el futuro con recelo. Piensa que si no cambia la mentalidad del empresariado y se realiza un nuevo trato laboral, los conflictos crecerán exponencialmente, afectando seriamente la paz social.

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Experta laborista, académica y abogada, desde un comienzo María Ester Feres mostró una postura crítica a la reforma laboral. Fue directora del Trabajo durante once años, entre 1994 y 2004, y actualmente se desempeña como docente y directora del Centro de Estudios y Asesorías en Trabajo, Relaciones Laborales y Diálogo Social (CRL) de la facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Central. Ha calificado a la reforma como pro- empresarial, por promover un sindicalismo acotado y desregularizar las condiciones mínimas de trabajo que existen legalmente como derechos básicos e irrenunciables del trabajador.

“Fui crítica desde sus inicios al proyecto de reforma del Gobierno, debido, de una parte, a sus afanes desregulatorios mediante los autodenominados pactos de adaptabilidad, y, de otra, a la inexplicable ausencia de medidas esenciales para un fortalecimiento efectivo de la capacidad negociadora del mundo del trabajo”, dice la académica, agregando que “por ello, y sintiéndolo harto, creo que es mejor para los trabajadores la mantención de la malísima legislación actual”.

¿Podríamos decir que los derechos de los trabajadores se ven más favorecidos sin reforma que con reforma?

Compleja pregunta, ya que la legislación vigente violenta los derechos colectivos de los trabajadores, conforme al principio de libertad sindical con su tríade de derechos fundamentales: la autonomía y el autogobierno de las organizaciones, la negociación colectiva y el derecho de huelga. Lógicamente, si un proyecto de reforma como el que se debate en la actualidad no sólo no remueve los pilares del plan laboral sino que le otorga una legitimidad de la que este carece, permitiendo, además, la renunciabilidad encubierta de derechos mínimos hoy tutelados por el Estado mediante los pseudo pactos, creo mejor para los trabajadores que no se impulsen modificaciones al sistema vigente, hasta que no estén dadas las condiciones para realizar los cambios estructurales tantas veces prometidos y largamente esperados.

Nueva Constitución

María Ester Feres tampoco era partidaria de una reforma puntual a la Constitución sobre la titularidad en la negociación colectiva, como en un momento planteó el gobierno. Lo que sí apoya es que se haga una nueva Constitución que, entre otros temas relevantes, “haga realidad lo dispuesto en el inciso 2° del Artículo 5° de la Constitución, en lo referido al respeto y garantía efectiva por el Estado y todos sus órganos, incluido el Tribunal Constitucional, de lo dispuesto por los pactos e instrumentos internacionales sobre Derechos Humanos ratificados, así como del Tratado de Viena”, dice la abogada. Y agrega: “Los Derechos Humanos fundamentales en el trabajo, aparte de ser inalienables e interdependientes, ya que no hay verdadera autonomía sindical sin derecho efectivo y general a la negociación colectiva y a la huelga, no pueden ser objeto de transacciones políticas. No son derechos que se aplican a medias, y en materia de libertades de ejercicio colectivo, no cabe la progresividad. Además, me parecería una aberración jurídica que se legitimara constitucionalmente la existencia de grupos negociadores y/o los pactos de adaptabilidad. En cuanto a la viabilidad política, esta va a depender de muchos factores, pero, principalmente, de lo que el gobierno y la Nueva Mayoría estén dispuestas a ceder para poder proclamar, a mi juicio engañosamente, que se cumplió con un compromiso programático, desatendiéndose de la ausente virtud de sus contenidos y de los indudables efectos negativos que esta tendría para los trabajadores, empleadores y el país todo”.

Si fuera directora del trabajo nuevamente, ¿qué medidas diferentes impulsaría hoy?

En ese entonces, tratamos, en una gestión participativa, de aportar a un mayor conocimiento de la realidad de las relaciones laborales: mejorar la actividad inspectiva, fortalecer el diálogo entre los actores sociales sectoriales o por rubros productivos -no siempre con éxito-, mejorar la protección de los trabajadores a través del amplio instrumental de competencias de la dirección del trabajo, las que incluso se ampliaron en varios campos, etcétera. Siempre las cosas pudieron hacerse mejor, dentro de los estrechos límites del marco legal vigente.

En general, ¿cuál es su diagnóstico del estado de la fuerza laboral chilena hoy?

El sindicalismo esta hoy muy debilitado y atomizado. Algunos elementos que sustentan este juicio (del estudio de la Fundación Sol “Sindicatos Pulverizados. Panorama Actual y Reflexiones para la Transformación”) son: primero, en el 81,8% de las empresas de diez o más trabajadores no existe y nunca ha existido un sindicato; segundo, a la fecha existen más de 11 mil 400 sindicatos activos y la mitad de ellos tiene menos de cuarenta socios; tercero, el 75% de la afiliación sindical se concentra en la gran empresa, con una multiplicidad de sindicatos pequeños y sin ninguna fuerza; cuarto, los sindicatos tienen una corta trayectoria y se disuelven rápidamente por lo que el 41% de las organizaciones activas tiene menos de cinco años y el 65% de los sindicatos creados en 2014 dejó de existir en poco más de un año; y quinto, menos del 8% de los asalariados negocia colectivamente. Esta lamentable realidad reconoce múltiples causas, como una cultura empresarial arcaica que le teme a la sindicalización, entendiendo poco de los desafíos de la sociedad del conocimiento, en la cual la productividad depende de la creatividad de los trabajadores; de un ordenamiento institucional que no promueve ni valora la participación social; de un marco legislativo que sataniza el conflicto y la diversidad de intereses, socavando las bases de lo que debiera ser una cultura de negociación colectiva extendida, de amplia cobertura y de grandes acuerdos en base al diálogo social; la sacralización de nuevos paradigmas empresariales basados en la fragmentación extrema de los procesos productivos, su descentralización y deslocalización; el tratamiento de la fuerza de trabajo como algo desechable y de fácil reemplazo; y el uso progresivo de nuevas tecnologías que implican cambios en los contenidos del trabajo. Estos y otros son desafíos que el sindicalismo está asumiendo, cada vez más coordinadamente a nivel nacional, regional y global.

¿Cuál es su pronóstico de lo que irá sucediendo a futuro con la situación laboral en Chile? ¿Es optimista? ¿Qué se necesita para hacer avances reales?

Prefiero seguir planteándome desde el terreno de las sensaciones y éstas, desgraciadamente, no son optimistas. En efecto, pienso que de no modificarse el modelo productivo basado sólo en la exportación de commodities; si no se apuesta a un nuevo proceso de industrialización, con participación activa del Estado en las regulaciones, la producción en algunas áreas, en la introducción de nuevas tecnologías, etcétera; si no se deja de santificar al mercado como único y perfecto asignador de recursos; en fin, si el empresariado nacional no cambia su mentalidad de continuar compitiendo solo en base a ventajas competitivas y a una constante depreciación del factor trabajo, el país no va a salir de, lo que cada vez más economistas denominan, la trampa del ingreso medio; ello exige también un nuevo trato laboral. Desde una dimensión socio-laboral, de no adecuarse prontamente nuestro sistema de relaciones laborales a los compromisos internacionales adquiridos por nuestro país, la inestabilidad social se incrementará, al crecer exponencialmente los conflictos de hecho afectando seriamente la paz social, elemento esencial para un crecimiento económico sustentable, con justicia e igualdad social.

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