sábado, septiembre 19, 2020

La felicidad, mirada desde el humanismo

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Hoy cada vez es más patente que debemos poner nuestra fe en los demás seres humanos. En esto, está la verdadera felicidad. Esta es la vida plena tal como la concibe el humanismo. El humanismo es una visión no religiosa sobre el valor de la vida. Sus raíces se encuentran en la tradición del pensamiento ético que comenzó con los filósofos de la antigüedad clásica, entre ellos Sócrates y Aristóteles. Esto podría hacer que parezca prohibitivo y excesivamente intelectual, pero no lo es: por el contrario, es una visión práctica, de sentido común que no contiene: ‘Tú harás’ o ‘No lo harás’. No hay dogmas y mandamientos en absoluto. En cambio, fomenta una actitud.

El humanismo es la fuente de lo que hace soportable al mundo y permite el florecimiento humano entendido desde sí y desde una vida justa. Una persona drogadicta bien podría pensar que tiene una vida plena, pero sabemos que lo hace sin conciencia de la negación de sí mismo y de sus vínculos.

Tener un interés alerta en el mundo que lo rodea, y una actitud positiva hacia los demás, es una forma segura de vivir con frescura y placer y nos acerca a la felicidad, porque hay mucho que ver, saber, hacer y aprender en la multiplicidad de experiencias posibilitantes que el mundo ofrece. Morar en uno mismo y en los lamentos y resentimientos de uno mismo es una forma igualmente segura de lograr una cuasi existencia triste y ácida, estrecha y oscura. Algunas personas pueden tener un único interés que lo absorba todo, una obsesión o una gran pasión, y encontrar el tipo de felicidad que proviene de un completo olvido de sí mismo; pero eso es comparativamente raro, una amplia gama de intereses trae consigo el disfrute de la variedad y la fascinación que nos mantiene despierto en la vida.

Hay buenas vidas que no son felices, y ciertamente que hay vidas felices que no son buenas y su felicidad está directamente relacionada con que no sean buenas (especialmente en las definiciones moralistas de ‘ bueno’). En gran medida, las vidas felices son buenas, en el sentido de que valen la pena, florecen, satisfacen y producen vidas productivas: no necesariamente moralistas «buenas», porque valen la pena, son satisfactorias, etc. De hecho, hay un sentido adecuado de «feliz» que significa precisamente «valioso, satisfactorio», etc..

Incluso si el placer fuera único y homogéneo, una buena vida para un ser humano claramente no lo es: como sostienen Mill y Aristóteles, está constituido por actividades de muchos tipos diferentes, que no pueden ser conmensurables en ninguna escala cuantitativa. Gran intento de algunos enfoques que pretenden probar si se es o no feliz a través de un número.

¿Cuál es el significado de la vida? es simplemente: el significado de tu vida es lo que tú haces. No hay un «significado de vida» único para todos y es lo que no entienden los enfoques cuantitativos; la intuición humanista es que los significados son individuales y deben ser creados. Y crearlo es lo que hace que la vida sea plena. Pensar y elegir por uno mismo también requiere esfuerzo, pero la alternativa es vivir la idea de otra persona de una buena vida.

La transición de mentalidad religiosa a mentalidad racional está demostrando ser dolorosa y prolongada. La adhesión a los antiguos dogmas y supersticiones es a menudo un elemento divisivo y peligroso en nuestro mundo. Necesitamos mentes libres, espirituales y respetuosas de los límites que colocan la evidencia y la razón, pero reconociendo la posibilidad de otros límites, y una ética basada en la vida feliz pero justa.

Estamos en un contexto, en el que las religiones occidentales han ido perdiendo gradualmente su dimensión simbólica. Han favorecido el pensamiento lógico, el dogma y las normas en lugar de los símbolos y las experiencias místicas. Para la mayoría de la gente, el cristianismo es, ante todo, lo que uno debe creer o no creer, y lo que uno debe hacer o no hacer. Eso está muy lejos del evangelio y de lo que es sagrado. Esta es la razón por la cual algunas personas han buscado el lado sagrado en movimientos místicos dentro de las religiones, mientras que otros han buscado fuera, en movimientos esotéricos paralelos que resaltan el pensamiento simbólico. Las personas están interesadas en estos tipos de caminos espirituales en la actualidad, en niveles muy diversos. Y cada uno a su manera, establece la felicidad como vida plena.

Desde nuestro punto de vista, la espiritualidad es una dimensión esencial de la felicidad y el logro de la vida plena, además nos permite transitar por los territorios oscuros de la infelicidad. Podemos pensar que la filosofía occidental es una espiritualidad sin religión que ya constituye una tradición propia.

Tanto Marta Nussbaum, en su libro The Therapy of Desire, como Pierre Hadot, en su Philosophy as a Life, descubren para los lectores modernos que la filosofía antigua fue una práctica de curación psicológicamente matizada (en lugar de un mero ejercicio intelectual).

Una postura filosófica que fundamenta la felicidad, que promete en un sentido de lo sagrado, entendida más ampliamente como la fuente de todo ser y bienestar, se convierte en una espiritualidad. Si algo tan antiguo como el enfoque de la filosofía puede disfrutar de un renacimiento moderno, entonces la espiritualidad filosófica también puede estar madura para su desarrollo.

La espiritualidad filosófica respalda la creencia de que la realidad puede acomodar la felicidad humana, y la respalda, y que esta felicidad deriva de la proximidad a lo sagrado; y que la razón y la experiencia humana natural son suficientes para llevarnos allí.

Si todo lo que le produce placer a la persona fuera realmente conveniente para su forma de realidad y, viceversa, todo lo inconveniente le produjera insatisfacción, no se explicaría la presencia del mal.

Por tanto, parece claro que en la persona hay un innegable ejercicio de su dimensión intelectiva que es capaz no sólo de constatar la reacción sensible ante determinada realidad, sino también la “manera” de estar en la realidad; es decir, es capaz de hacerse cargo de en qué medida esa sensación –grata o desagradable– es “justificable”, es decir, se “ajusta” a lo exigido por una realidad determinada como es la realidad humana.

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