viernes, septiembre 25, 2020

Cambio de paradigma: hacia una empresa de personas

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Por Jaime Hales, abogado, académico, poeta, narrador y ensayista.
Publicado en RHM 96.

El solo hecho de que alguien se pregunte por la relación entre la espiritualidad y el mundo del trabajo ya es manifestación de un cambio en el lenguaje, en el enfoque, en los temas que reclaman atención y todo ello, nos guste o no, insinúa un nuevo paradigma en ciernes.

Lo que estamos viviendo es un proceso único de la humanidad: un cambio de era en que los seres humanos tenemos conciencia de ello. Me refiero a lo que los astrónomos llaman “precesión de los equinoccios” y que sucede más o menos cada dos mil años. Este hecho astronómico tiene un correlato en los procesos humanos, según dan cuenta la historia, la politología, la sociología, la antropología. Hoy, ese cambio, iniciado poco después de la guerra del 39 al 45, se puede anticipar y describir como un proceso de horizontalización de las relaciones, de participación como oposición al poder ejercido de modo tradicional, espiritualización frente al materialismo, solidaridad frente al egoísmo, por solo nombrar algunos elementos distintivos, además de su característica más notoria: el desarrollo tecnológico que parece no tener fin.

Tal como ha sucedido en otras épocas de la historia, los que detentan el poder en sus manifestaciones económicas, políticas y sociales, no quieren abandonarlo y han estado dispuestos a luchar con todas las armas al alcance. Pero, estoy convencido de que las cosas podrán ser demoradas, pero no evitadas y por lo tanto los extremos a los que ha llegado la expansión del capitalismo en sus nuevas versiones no son sino el anticipo de un cambio de proporciones.

El sistema de organización de la empresa moderna se sustenta en valores tales como el valor de lo individual (cada uno se hace cargo de sí mismo), la libertad para hacer todo lo que quiero (mientras pueda, lo hago), el enriquecimiento sin límites (acumulación y concentración), la fuerza al servicio del sistema, la represión de todo lo que sea diferente en términos éticos y, cuando no le puede reprimir, se le infiltra para dominar sus decisiones. Clara manifestación de esto es la contradicción abierta entre las declaraciones doctrinarias del catolicismo con muchos empresarios importantes, quienes se presentan como factores de su religión mientras sus conductas se alejan de los dictados de los jerarcas eclesiásticos.

Pese a todas las resistencias, sin embargo, nuevos esquemas de valores basados en el papel central de la persona humana y el respeto por sus derechos, se han ido abriendo paso. Eso, por cierto, afecta a todos los niveles de la organización social y particularmente al mundo de la empresa y del trabajo, que es donde se producen las más frecuentes y persistentes relaciones entre las personas.

La sola consideración de la dignidad esencial de toda persona genera la necesidad de un trato del trabajador no sólo como un sujeto productivo, sino como alguien que interactúa en el mundo y se ve afectado por las amplias dimensiones de su vida: espirituales, afectivas, físicas e intelectuales. Y esto vale para todos los niveles en una empresa, desde los más altos a los más bajos. Considerados de esa manera, las diferencias entre quienes trabajan en ella deben hacerse menores, puesto que para todos debe haber un mínimo- en el tato, en el respeto, en los ingresos, en el bienestar, en los beneficios de su desempeño – que refleje el valor integral del ser humano.

Cuando una organización define sus valores en torno a la persona, todo en ella se ve afectado puesto que el objetivo ya no es solo maximizar las utilidades para el dueño del capital, sino acrecentar los beneficios sociales de su producto y generar el bienestar en todos los planos para el conjunto de las personas que trabajan.

El líder de la organización no es un ser lejano, entonces, sino el que encabeza una tarea común en la que todos comparten el sentido final. El líder puede ser valorado, respetado, pero sobre todo estimado, porque es sentido como un sujeto que se relaciona íntegramente con los demás integrantes de la empresa.

La espiritualidad no es un acontecimiento ajeno, sino el eslabón que faltaba para completar el esquema multidimensional del ser humano, que lo hace coherente con sus modos de pensar y lleva los valores a las decisiones de la vida cotidiana. Comprar, vender, producir, asesorar, está impregnado por esos valores y entonces nada humano nos es ajeno y la empresa debe encaminarse hacia ese enfoque, dejando atrás el paradigma individualista del enriquecimiento como único objetivo.

Cambios completos en la vida de la empresa: desde el saludo, las decoraciones, los vestuarios, los lugares para comer, los procesos de capacitación y de desarrollo personal, todo irá siendo más integrador, con menos distancia y más acercamiento humano. Qué decir de los procesos de negociación y la huelga. Esto es posible. Entonces, tomar medidas concretas en la línea que digo, ayuda al cambio de valores, así como éste ayuda a tomar otras medidas y avanzar así hacia una sociedad justa, impregnada de esta mirada holística, integradora, positiva de todos los seres humanos.

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